COMPAÑEROS DE CAMPSARED

"Podeis decir lo que pensais de vuestros encargados, de los objetivos, de la venta activa, de los cursos, de Sumando valores, seguridad, promotores del cambio, sindicatos, y todo lo que querais. Hubo en tiempos un blog de un compañero en donde mucha gente dejó sus comentarios, hoy no existe y por eso nace Campsared blog, para reunir a todos, para los COMPAÑEROS DE CAMPSARED"




Este blog como indica en la cabecera es sólo la continuación del creado por el compañero EXPENDEDOR-VENDEDOR el 20 de noviembre de 2008 y que por problemas técnicos fue imposible actualizar. Como aquel, mantiene la idea de tener una plataforma de comunicación, de reivindicación y sobre todo un medio de expresión para todos los trabajadores de CAMPSARED.



Bienvenidos a este foro de diálogo e información.



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martes, 31 de mayo de 2011

EL SECRETO DEL UNICORNIO

En el fondo de una mazmorra subterránea, bajo siete candados, con cámaras y alarmas, y trampas afiladas que no podría salvar ni Indiana Jones en sus mejores tiempos, trabaja mi encargada, en un bunker donde todo es alto secreto, los informes, las cartas, los mensajes, como si trabajara para la KGB.
Recientemente ha acentuado su paranoia, ha dejado de comentar las sinrazones, ha multiplicado los silencios, como si en los emails hiciera pactos de sangre con la muerte, como si dictara sentencias, como si desplegara minas antipersonas por los recovecos de las baldas. Últimamente sus silencios dan miedo,  te mira como quien mira a un muerto que no es suyo, con desprecio, como si masticara tus entrañas, como si entablases un duelo de miradas con Gadafi. Ella no habla, y tu no dices nada, tragas saliva sin pronunciar palabra, con cautela, como si hicieses gárgaras con nitroglicerina. Desconozco si se ha pasado al lado oscuro de la fuerza.
En los últimos tiempos viste de negro riguroso, o es el azul del uniforme que es nuevo y con el ahorro de luz parece más oscuro.  Cuando la veo en el suelo por que ha venido el banco, no se si está contando sobres, o trazando con ellos un círculo perverso y demoníaco.  Enseguida se le inyectan los ojos,  y yo salgo por piernas hacia el voult.

Los encargados son personas normales al principio, buenos trabajadores, gente dispuesta a sacrificios, condescendientes e incluso compasivos, comprenden tus problemas y tu observas los suyos, que florecen sobre su mesa como si la limpiasen con abono nitrogenado. Son tantos que suelen despertar tu indulgencia, una especie de instinto paternal o maternal de socorrer al pobre desvalido, que reparte sus horas con cuentas que no cuadran y un extremado azogue de teléfono sobre la oreja, que suele terminar escocida  los dos primeros meses.
Sin embargo después, cambian los vientos, se enseñorean del cargo, se vuelven displicentes y mandones, cambian su nerviosismo por prudencia, se vuelven misteriosos, suspicaces y secreteros.

Encargado orgulloso de sus secretos 
Yo mismo, cuando pregunto a la encargada, suele encorvarse, y con voz baja y cavernosa me contesta: "Mi tesoro, mi información es mi secreto, es sólo para mi, es mi tesoooro...!"

Últimamente las cosas están tensas, las ventas han bajado tanto, que algunas veces hay que reverenciar de tal manera a los clientes que parecemos viborillas, arrastrándonos entre palabras cenagosas que nos permitan atrapar una presa.

La cosa está jodida, bien jodida.  Nuestro Jefe de Zona, manda sentencias por email , como si enumerase las plagas del viejo testamento, no nos anuncia más que malos augurios, como nos emperremos nos mandará un diluvio universal que dejará en una ahogadilla el maremoto de Japón.

Brota pinchando el miedo, como si fuera vello púbico afeitado que renace  con desazón e impertinencia.  En este oficio todos tenemos miedo, y el que no esté en el grupo puede marcarse un paso al frente, pero siempre con calma, con prudencia, por que, como los voluntarios en la 'mili', nunca sabes la que te va a caer.

Todos tenemos miedo, por que la puta crisis se ha extendido como peste bubónica por todos los confines del globo, y no hay mañana que no contagie a un conocido o a un amigo, y a nosotros nos levantan el dedo nuestros Jefes, como Jesús el Rico hace lo propio en Málaga, pero no para darnos parabienes ni salvarnos, sino para ponernos en un brete, para señalarnos por que no vendemos suficientes SPOs, o los bastantes rascas como para frenar este tsunami de pobreza.  Y cuando el 'cristo' nos señala, estamos ya jodidos, pues somos carne de cañón, sin más camino que huir hacia delante,  y ni aún así puede salvarse alguno de la quema.

Los encargados son distintos, han levantado el escudo de hermetismo, y esconden por debajo más miedo que secretos, y a la más mínima señal de represalias, corren aullando por el temor a que un disparo sin destino les alcance. Y huyen despavoridos, agarrando su silla bajo el brazo, como las alimañas cuando sobreviene un naufragio, olvidando lo que queda a su espalda y a quienes han dejado atrás. Son humanos con ademanes de serpiente.



Acuden a reuniones, y ellos tamizan convenientemente los datos para que sean apocalípticos. Uno de tantos de esos secretos de confesión que les explican a los encargados, les aconseja guardar la información benigna, mostrar la  realidad más cruda, la que acojone de verdad: 'no hay salvación sin ventas de postín, iremos al infierno de cabeza', y ellos detrás, si nos desvelan que la 'presión' es la postura requerida para subir las ventas, que se consigue más forzando tuercas que dando cuartelillo.

Encargado cabrón  (Campsared Blog)
En realidad muchos asuntos no nos los cuentan para que siga habiendo diferencias entre la plebe que somos los de abajo, y la clase burguesa que son ellos.  Esa frontera es la que dictan en la empresa los jefes, y se contagia pronto, como la varicela en un colegio, entre los nuevos encargados. Yo la sufrí también, o tal vez algo parecido, llega a cegarte y te convierte en un imbécil deplorable.

¡Mas información por favor, más comunicación!, somos plebeyos pero nos gusta saber cosas, no solo la matrícula de un coche que se fuga, o el número concreto  de naranjas que hay que vender para obtener la 'bendición papal', queremos saber más que lo que marca cualquier ranking de los cojones, o ese jodido presupuesto que hay que cumplir para la cuadratura perfecta de las cuentas.  Hay rumores, noticias, asuntos que no tienen que ver con la presión ni con las ventas, sino con el compañerismo, con la salud mental de los trabajadores, complicidades entre socios, por que lo cierto es que todos estamos en el mismo barco, aunque tengamos distintos camarotes, nosotros en la proa, y ellos al timón,  no cabe rebelión a bordo, hay que seguir la travesía hasta remando, pero sin latigazos, sin engaños, sin falsas expectativas y haciendo piña todos juntos. 
Mientras los encargados mantengan sus secretos de unicornio dentro de la oficina,  a los expendedores nos seguirán pareciendo unos cabrones  con unas astas del tamaño de unos panes de leña.

Cambiemos las encuestas (Campsared Blog)

martes, 31 de agosto de 2010

AMOR DE EXPENDEDOR


Casi todas las tardes cuando marchaba el encargado corría hacia ella y con fervor de enamorado la llamaba bajito y le decía -Ya se ha ido-, y ella me sonreía gozosa y con mirada picarona, desbordando mis ansias de abrazarla.

Comenzaba rozándola con mansedumbre, sintiendo su presencia, oliendo su perfume, tocándola tan solo con el extremo de mis dedos.  Acariciaba su cabeza, sus largas piernas,  sus tobillos...  Después,  iba explorando serena y delicadamente su silueta, recreándome. 

Su piel tenía sabores dulces que paladeaba con fruición. Con mis manos jugueteaba impaciente desde un extremo al otro, introduciendo mis dedos suavemente por secretos rincones de su cuerpo.  A ella le gustaba ese juego. Era un placer cercano a la lujuria.
Siempre después de hacerlo, su piel  tan suave y luminosa brillaba aún más, era más bella y resplandeciente y despedía un aroma agradable. Mis manos en cambio estaban impregnadas de olores y de restos de su epidermis adheridos después de las caricias, como si fuesen una parte embriagadora de su piel.

Su sonrisa lasciva provocándome en la penumbra de la tienda, me daba fuerzas para hacerlo una vez, y otra vez más, y todas la veces que ella me requería. Y a ella le apetecía siempre. Era insaciable en eso. Y yo le daba rienda a sus deseos hasta agotar mis fuerzas.
A veces, acercaba mi boca a su cabeza, y suavemente, por detrás, mordisqueaba su cuello dejando que mi aliento evidenciara mis deseos más íntimos.  Ella se exhibía voluptuosa, mientras mis labios devoraban con ansiedad su piel, y mis besos mojaban el exquisito paladar de su epidermis. 

Cuando pasaba mis dedos por su espalda se estremecía en silencio, y apreciaba como aumentaba su calor, y profería  gemidos leves de placer comedido que tanto me gustaban.  Su cuerpo cobraba vida y su piel brillo en cada envite de mis manos, y éstas no se cansaban nunca de acariciar su cuerpo, de gozar la finura y calidad de su tejido corporal. 

Cuando estaba en turno de noche, esa semana disfrutábamos de la soledad y del placer sin límites.


Dejaba la tienda a media luz, y la iba desnudando poco a poco. Con cuidado le quitaba las prendas que ocultaban su piel. Me gustaba hacerlo despacio, sin perderme detalle, entreteniéndome en pequeñas manchas e imperfecciones de su cuerpo pulido y perfecto, y ella se sonrojaba y se reía. No escuchaba su voz, sólo gemidos suaves en la noche, entre el ruido de las cámaras frigoríficas.

Cada jornada, consumábamos nuestra relación sin importarnos nada ni nadie, expresábamos nuestros sentimientos sin hablar, de la forma más primitiva, piel contra piel, su suavidad contra mi fuerza, la rudeza de mis manejos codiciosos llenos de ansia, contra la sutileza de su formas bellas y fascinantes. Una sublimación de los deseos.
Mis compañeros que se enteraron, estaban ofendidos. El encargado me llamó la atención severamente, pero sacamos adelante aquel amor frente a todos y todo.

Sin embargo, un día ella se marchó

Cambiaron los muebles de la tienda y aquella góndola de dulces con quien pasaba tantas tardes y noches de juego y de pasión, se fue dejándome desamparado y solo.

En las noches de luna, salgo a la pista y miro el cielo, y contemplando tantas estrellas refulgentes yo siempre pienso en ella.


Podrá haber muchas góndolas, más grandes, más modernas, y repletas de golosinas,  pero ninguna tan bella, tan brillante  y  tan dulce como aquella.